Una y otra vez nos planteamos el sentido de las cosas. Situaciones más o menos dolorosas por las que atraviesan personas jóvenes de nuestro entorno hace que nos planteemos preguntas que antes, sencillamente, ni nos las cuestionábamos. Hechos puntuales que vivimos o conocemos en nuestras relaciones con el personal, los clientes o los proveedores provocan reacciones internas de desánimo, se rompen los hilos de la ilusión, se debilitan las ganas de luchar. Todo ello, a veces motiva el deseo de que nuestros hijos sean cualquier cosa menos lo que nosotros hemos hecho durante toda nuestra vida.
Y sin embargo, yo soy de la opinión de que sólo la constancia en el tiempo, la capacidad de sufrir y el convencimiento de que primero es el trabajo del fruto y segundo es el fruto del trabajo, hacen que hasta los malos momentos, por ser necesarios, hay que vivirlos con la satisfacción de que, una vez que pasen, disfrutaremos de los momentos buenos.
Todo ello es una sucesión de ciclos que, sin percatarnos, conforman una vida con más o menos altibajos, una vida que con frecuencia convertimos en una carrera, con demasiada prisa por llegar, siempre rápido, al siguiente obstáculo.
Etapas, eso es lo que creo que debemos plantearnos: objetivos a medio y corto plazo, momentos de análisis y descanso, de valoración, de sosiego y de recogida de frutos, que siempre nos motivarán para continuar con los trabajos.
Aprovechemos el periodo estival para eso: para analizar el año, para descansar, para valorar nuestro trabajo, para recoger esos frutos que tanto anhelamos. Y pensemos en todo momento que somos dichosos por tener lo que tenemos, siempre más de lo que «necesitamos». Eso nos ayudará a disfrutar y ser coherentes con nuestra vida y con nuestro trabajo.
Felices vacaciones.
Jesús Navarro Sánchez
DIRECTOR GERENTE



